CARTAS DE DESCONOCIDOS

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viernes, 16 de abril de 2010

Un banquete aristotélico



1/01. Tomás Zurcidor, bachiller de Teología formado , aunque indigno, saluda al superexcelente, como también cientifiquísimo varón don Ordoño Gracio de Deventer, poeta, orador y filósofo, como también teólogo, y más si quisiere.

Pues que (como dice Aristóteles) ‘dudar de cada cosa en particular no es inútil’, y en el Eclesiastés (1: 13) se lee: me propuse en mi corazón investigar cuanto hay bajo el sol; por lo mismo yo me he propuesto plantear a usía una cuestión para mí dudosa. Mas por delante protesto por Dios santo que no quiero tentar a Vuestra Señoría o Venerabilidad; sino que deseo cordial y afectuosamente que me instruyáis sobre la duda. Pues escrito está en el Evangelio: No tentarás al Señor Dios tuyo (Mat. 4: 7). Porque, como dice Salomón, de Dios viene toda sabiduría Ecli 1: 1). Ahora bien, vos me disteis toda la ciencia que tengo, y toda ciencia buena es origen de sabiduría; ergo vos sois para mí en cierto modo Dios, pues me disteis el principio de la sabiduría, hablando en poeta.

Pues bien, he aquí el origen de la cuestión. Hace poco hubo aquí un banquete de Aristóteles, y los doctores, licenciados, como también los maestros estuvieron muy alegres (yo también asistí); y bebimos al primer plato tres tragos de malvasía, y de entrada nos servimos bollos de sémola e hicimos migas. Luego tuvimos seis platos de carnes y gallinas y capones, y uno de pescados. Y procediendo de un plato a otro, bebimos a discreción vino de Kotzburgo, del Rin, y cerveza de Embeck, como también de Torgau y de Neuburgo. Los maestros quedaron satisfechos, y dijeron que los señores maestros noveles se habían despachado bien y con sobresaliente.

Y ya hilarificados los maestros, en su jerga técnica, abordaron grandes cuestiones. Preguntó uno si se debe decir ‘maestro nostrando’ o ‘nuestro maestrando’, para designar a la persona apta nata para doctorarse en Teología. Como al presente lo es en Colonia el melifluo padre fray Teodorico de Gouda, del orden de carmelitas, venerandísimo legado de la alma Universidad Coloniense, providentísimo artista, filósofo, argumentador y teólogo supereminente.

Al punto respondió el maestro Warmsemmel, mi paisano, que es un escotista sutilísimo y con dieciocho años de magisterio; en su tiempo por dos veces rechazado para el grado magistral y a la tercera impedido; con todo, él insistió, hasta que fue promovido, por el honor de la Universidad. Un tipo que se desenvuelve bien, y tiene muchos discípulos chicos y grandes, viejos y más mozos (Salmo 148: 12). El cual con gran madurez dijo y sostuvo que se debe decir ‘nuestromaestrando’, como una sola palabra, ya que maestrar significa hacer maestro, como bachillerar hacer bachiller, y doctorar hacer doctor; de donde vienen los términos maestrando, bachillerando y doctorando. Ahora bien, los doctores en sagrada Teología no se llaman doctores a secas, sino que por humildad y santidad, y por diferencia, se nombran o llaman mastrosnostros, porque en la fe católica hacen las veces de Nuestro Señor Jesucristo, la fuente de vida. Es así que Cristo fue nuestro Maestro común. Ergo ellos se llaman nuestros maestros, cuyo cometido es instruirnos en la vía de la verdad, y Dios es la verdad (cfr. Juan 14: 6); por lo que con razón se llaman mastrosnostros, porque todos nosotros, a saber los cristianos, debemos y somos obligados de oír su predicación, y ninguno debe hablar contra ellos, dado que son nuestros maestros comunes. Es así que nostro, -tras, -trare no está en uso, ni se lee en el vocabulario Exquo, ni en el Catolicón, ni en el Brevílocuo, ni en el Gema de gemas, y eso que tiene muchas voces. Ergo debemos decir nuestro maestrando, y no maestronostrando.

Entonces el maestro Andrés Delitzsch, que es muy sutil, poeta en parte, en parte artista, médico y jurista, y ya lee de ordinario a Ovidio en la Metamorfosi, exponiendo todas las fábulas alegórica y literalmente (que yo he sido oyente suyo, porque explica con mucho fundamento); como también lee en su casa a Quintiliano y a Juvenco; pues bien, este llevó la contraria al maestro Warmsemmel, diciendo que debemos decir maestronostrando. Porque así como hay diferencia entre ‘mastronostro’ y ‘nuestro maestro’, también la hay entre ‘mastronostro nostrando’ y ‘nuestro maestrando’. Porque mastronostro se llama el doctor en Teología, y es una sola palabra, mientras que nuestro maestro son dos palabras, y se toma por cualquier maestro en cualquiera ciencia liberal, o mecánica manual, o intelectual. Y el que nostro -tras -trare no se use no es óbice, pues podemos inventar nuevas voces. Y citó a Horacio en apoyo (Ad Pisones, vv. 46 y sigs.).

Entonces los maestros mucho admiraron su sutileza, y uno le ofreció un jarro de cerveza neoburguesa. El dijo: «Yo prefiero esperar, pero disculpéisme». Y tocándose el birrete , con risa alegre lo brindó al maestro Warmsemmel diciendo: «Ea, señor Maestro, no penséis que os quiero mal». Y lo apuró en un respiro. El maestro Warmsemmel le respondió bravamente, por la honra de los silesianos. Todos los maestros estuvieron alegres, y luego tocaron a vísperas.

Por lo cual ruego a Vuecencia queráis exponerme vuestro parecer, pues vos sois muy profundo. Así yo de momento me dije: «Maestro Ordoño me escribirá la verdad, pues fue mi preceptor en Deventer cuando fui alumno de tercero».

También debéis cerciorarme de cómo va la guerra entre vos y el doctor Juan Reuchlin, pues tengo entendido que ese ribaldo (por doctor y jurista que sea) todavía se niega a retractarse. Y otra cosa: enviéisme de una vez el libro de mastronostro Arnoldo de Tongres, el que compuso por artículos, pues es muy sutil y trata de muchas profundidades en Teología.

Adiós, y no toméis a mal que os escribo con tanta llaneza, pues vos me dijisteis hace mucho que me amáis como hermano, y queréis ayudarme en todo, incluso si debierais concederme mucho dinero.

En Leipzig.

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Epistolae Obscurorum Virorum -- Cartas de Desconocidos
Edición texto latino y traducción, introducción y notas de Jesús Moya
Universidad de Málaga, 2009 (Anejo Nº 70 de Analecta Malacitana), 564 pág.

jueves, 15 de octubre de 2009

Epistolae Obscurorum Virorum / Cartas de Desconocidos


Nunquam fuit tam grata ruricolis dulcissima pluvia tempore longae siccitatis, neque sol post longas nebulas, quam mihi fuit littera vestra quam ad me huc ad Romam misistis. Quando ego eam legi, tunc fui ita gaudibundus, quod libenter flevissem, quia mihi videbat ur, quod iam essem in Colonia in domo vestra, quando bibimus semper unam vel duas quartas vinum vel cerevisiae, et lusimus in assere: ita laetus fui… Sed vos vultis, quod ego iterum ita faciam sicut vos, hoc est, quod ego etiam scriberem, quid faciam hic in Roma tam longe, et quomodo mihi succedat. Quod volo libentissime facere.


Nunca fue tan grata a los rurícolas la dulcísima lluvia en tiempo de larga sequía, ni el sol tras largas nieblas, cuanto a mí lo ha sido vuestra carta que acá a Roma me enviasteis. Cuando yo la leí me puse tan gaudibundo, que de ganas habría llorado. Me sentía transportado a Colonia, en casa vuestra, cuando bebíamos siempre un cuartillo o dos de vino o de cerveza, y jugábamos en el tablero. ¡Así de contento me puse!...Pero vos deseáis que yo a mi vez haga como vos, esto es, que también yo os escriba, qué hago aquí en Roma tanto tiempo, y cómo me va. Voy a hacerlo con mucho gusto.

Es el exordio de una carta, desde luego. Un exordio banal y grotesco. El autor se tiene por un alma sensible, pero puesto a expresar su nostalgia y añoranza de la patria lejana, los motivos se le quedan en el recuerdo de las habituales partidas y tragos con su corresponsal.

Este ejercicio de vulgaridad empieza a ser cómico cuando, por el encabezamiento de la epístola, nos enteramos de que quien la firma es el Gran Inquisidor de Colonia, el célebre dominico fray Jacobo de Hochstraten, quien amén de profesor de Artes y de Sagrada Teología, se atribuye el título increíble de ‘Maestro de Herejes’, que le correspondía en realidad. Rabelais captó el ridículo cuando, en el Pantagruel (cap. 7) menciona un libro estrafalario cuyo autor sería ‘el Maestro Jacobo Hocstraten hereticometra’.
El mismo Rabelais cita por su nombre al corresponsal de esta carta, el Maestro Ordoño, como autor de otro libro o panfleto titulado Ars honeste pettandi in societate –la traducción, innecesaria–. Con ellos pone a Silvestre Prierate jacospinio (jacobino, o sea dominico cofrade de Hochstraten), como autor de otra obra chocarrera, aunque se trataba nada menos que del también inquisidor y Maestro del Sacro Palacio Apostólico bajo León X. Y acompaña el cuarteto con un coro de Doctores Colonienses que despotrican contra Juan Reuchlin.

La referencia burlesca a una causa célebre –el caso Reuchlin, sobre los libros judíos–, se hace en 1532 a través de un epistolario satírico aparecido en 1515 con éxito arrollador. Al mismo pertenece la carta que citamos, broche de oro de una primera serie epistolar: CARTAS DE DESCONOCIDOS.
A la aparición del Pantagruel, de aquel cuarteto de carne y hueso sólo vivía el profesor Ordoño Gracio (el maestro Ortuinus Gratius, en las Cartas), que todavía producirá una obra extraña aunque interesante, Fasciculus rerum expetendarum et fugiendarum, un centón documentario destinado a orientar a los padres conciliares de Trento en su labor de contrarreforma.
Los otros tres personajes habían muerto, con breves intervalos: Reuchlin (1522), Prierias (1523) y Hochstraten (1527).
Juan Reuchlin, decano del humanismo germánico, pudo tal vez ver abreviados sus días por el proceso que le formaron sus dos adversarios dominicos ante la Corte Romana, pero sea como fuere era ya un anciano. Ellos en cambio, más jóvenes, sí parece que sucumbieron a la pesadumbre de su torpeza y fracaso, no ya frente al inofensivo humanista, sino ante otra figura de más talla que él y que ellos dos juntos: fray Martín Lutero, que tuvo en estos dominicos a sus primeros adversarios.

Esto sitúa las EPISTOLAE OBSCURORUM VIRORUM en el preámbulo de la Reforma protestante, como un trueno sordo precursor de una gran tormenta.

Así que ¡por fin! Ya he puesto en circulación, asequible para todos, una edición completa de esta gran sátira en su original latino, con la primera traducción española, todo ello anotado y comentado, con estudio introductorio, documentación ilustrativa, bibliografía e índice.
Estoy contento del trabajo, aunque no satisfecho, eso nunca… En fechas sucesivas iré dando muestras del libro. Esta es la ficha bibliográfica:

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Epistolae Obscurorum Virorum -- Cartas de Desconocidos.
Edición texto latino y traducción, introducción y notas de Jesús Moya
Universidad de Málaga, 2009 (Anejo Nº 70 de Analecta Malacitana), 564 pág.